Política 20

El animalista estúpido

Del mismo modo que algunos militantes LGTBI echan a perder con sus actitudes la causa que dicen defender, o determinados histriones de la igualdad de género hacen lo mismo, porque vuelven en su contra a una parte de la sociedad que, de no existir ellos, no sentiría la menor repugnancia ante sus postulados, ocurre también que algunos presuntos animalistas y ecologistas hacen un flaco favor al bando que creen apoyar.

Nunca faltan los caritativos humanos que en sus excursiones por el campo «salvan» a algún hervíboro de una situación embarazosa impidiendo así que los carnívoros o los necrófagos hagan su trabajo y sobrevivan y, de paso, facilitando al hervíboro una nueva oportunidad de reproducirse que la naturaleza no le habría dado, empobreciendo de esta forma a las generaciones futuras.

Los paternalistas ingleses ricos del siglo XIX se dedicaron durante décadas a eliminar los predadores que acechaban a los benéficos ciervos de sus bosques y praderas, creyéndose así magnánimos y superiores a los brutos campesinos que les rodeaban. Pero en pocos años la devastación que las nuevas generaciones de ciervos, demasiado numerosos, producía en el campo, y las evidentes taras que esos mismos ciervos arrostraban en una proporción mucho mayor de lo normal, les hizo parar y buscarse otras causas a las que dedicarse. Mientras tanto, creaban instituciones de beneficencia mientras a su alrededor, misteriosamente, el número de pobres creados tras la industrialización no paraba, misteriosamente, de crecer…

Hoy, casi doscientos años después, sigue sin enseñarse a los niños que la ecología y el respeto a los animales no consisten en tratarlos como si fueran crías humanas a las que hay que defender de amenazas inminentes, sino en respetar su hábitat, sus relaciones, sus vidas y sus muertes y, en definitiva, cuando toca, dejarlos morir en paz sin interferir. Hoy, casi doscientos años después, muchos siguen viendo la economía como un juego en el que hay que repartir fondos en favor de los que están en peor situación, sin ser conscientes de que esa puede ser la mejor manera para que, precisamente, se perpetúe y agraven esas situaciones.

Siempre resulta más gratificante creerse el salvador del mundo que comprender su complejidad.

Si existiera un Dios no intervendría en la vida cotidiana de los hombres por la misma razón por la que los hombres no debemos intervenir en la de los conejos salvajes. Porque los conejos, por el mero hecho de existir, tienen derecho a vivir y morir como les toque, devorados por el predador que les caiga en suerte.

Dios, que, suponemos, de ser algo sería más inteligente que nosotros, trataría también a los humanos más inteligentemente que como nosotros tratamos a la naturaleza. Su receta sería, una vez creados, dejarnos en paz.

BONUS: Aquí queda un hilo de Twitter que ejemplifica que las tentaciones de intervenir que tengamos los humanos suelen ser, casi siempre, negativas. La naturaleza no suele necesitar que «la limpien», sino que la respeten tal y como es: sucia y brutal a los ojos del ser humano. Es decir: maravillosa.

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