Apocalipsis climático

Si algo caracteriza a este siglo XXI es la perpetuación del divorcio entre las elites expertas en cada tema y el conjunto de la sociedad. No es que esto sea nada nuevo: al revés, históricamente, los pocos doctos en cada asunto eran bichos raros, con un conocimientos segregado que no alcanzaba a la población media. Esta seguía con sus asuntos e ignoraba, olímpicamente, cualquier cosa que no fuera su realidad cotidiana.

Durante siglos los conocedores de la geografía, por ejemplo, supieron sin sombra de duda que vivíamos en algo as´í como una esfera m´óvil, mientras que la mayoría social, de pensar algo, pensaba que, obviamente, lo hacíamos en una superficie plana y fija. Más que divorcio había una incomunicación permanente.

El problema, o la solución a esta disparidad llegó cuando la ilustración logró, poco a poco, calar cada vez más en el conjunto de la sociedad. Para cuando alcanzamos el siglo XVIII y sobre todo el XIX, en algunos países una pequeña pero creciente mayoría social empezaba a saber leer, escribir, y a tener acceso a una información más o menos elaborada.

Con ello, el siglo XIX, a pesar de notables excepciones y de sonadas resistencias, vivió un creciente apego hacia el saber científico y técnico, en el que los humanos aprendieron a creer y confiar. Hubiera parecido que lo que iba a seguir, el siglo XX, y no digamos el XXI, debieran haber servido para profundizar en una sociedad más conocedora de la realidad que le rodea y, por tanto, más respetuosa del saber científico, y más dispuesta a hacer caso a sus avisos.

Pero no es así. A duras penas se logra, hoy en día, arrastrar a la gente a creer en la evolución, la tectónica de placas o la mecánica cuántica, cuando se trata de materias que, para la comunidad científica, son tan obvias que se encuentran más allá del conocimiento o el desconocimiento.

Gran parte de la gente, a pesar de estar alfabetizada al 100% en muchos países, y de pasarse una media de 15 o 20 años estudiando, sigue viviendo en el mundo de Newton, y no tiene idea de que Einstein lo puso patas arriba (creen que lo saben, pero no entienden nada de lo que supuso esa revolución), y mucho menos saben que la cuántica, inmediatamente después, al que puso patas arriba fue al propio Einstein.

La gente, mucha gente, siente simpatías por las más extrañas teorías conspiranoicas, no cree en los viajes de los astronautas, prefiere siempre la maquinación a la limpieza de la verdad. Algunos sostienen, aún, que la evolución no es más que una patraña. No les digo más.

L´ógicamente, si vivimos en medio de semejante panorama, asuntos mucho más recientes y controvertidos entre la comunidad científica, como el alcance último de las vacunas contra el covid o el cambio climático, directamente resultan ajenos para la mayoría social. Sea cual sea el tema, proliferan los negacionistas, y no precisamente, o no solo, entre los sectores menos ilustrados de la sociedad.

De nada sirve que la comunidad científica avise de que la situación empieza a ser desesperada y deben tomarse medidas urgentes en materia climática: el conjunto de la sociedad no está en absoluto concienciada. Es más, cree, porque quiere creer, que todo eso son paparruchas o, como mucho, exageraciones.

El mecanismo habitual con el que las personas encubren su negativa a escuchar verdades como puños a largo plazo porque contradicen sus intereses a corto es agarrarse a una afirmación que nadie niega para, echando mano de ella, desacreditar los avisos que les incomodan.

En el caso del clima, los negacionistas afirman que «siempre ha habido cambio climático», lo cual es obvio, para no tener que pensar en los efectos que la acción humana está provocando en el planeta. De esta forma, el debate público se adultera y banaliza, y los negacionistas consiguen eludir el asunto de fondo: las medidas que deberían estarse adoptando y que no se adoptan.

Si nos ciñéramos a lo que dice la comunidad científica, todo estaría claro: todo el debate se centraría en calibrar cada vez mejor la influencia que tenemos en el medio ambiente, la gravedad de los efectos que produce, y las medidas que deban adoptarse para evitarlos. Sería un debate técnico que, conforme avanzara y se fuera afinando y mejorando sus conclusiones, asumirían los políticos para la toma de medidas concretas y coordinadas.

Pero no es así. El tema se convierte en una señal «identitaria»: si eres de derechas, entonces piensas «tal», si eres de izquierdas, piensas «cual». No se avanza, no se toman decisiones basándose en hechos objetivos, no se actúa mientras en el barco siguen apareciendo más y más vías de agua porque solo se piensa en agradar a los votantes y en no incomodarlos a corto plazo con medidas que les resulten molestas o que afecten a su bolsillo.

Todo es política, de la mala, de la partidista, de la que no llega a soluciones sino que crea más problemas, de la que divide a la sociedad en bandos diferentes que sostienen doctrinas incompatibles y sordas entre sí.

Finalmente, en el debate público no importa, en absoluto, el caudal de datos o de pruebas que se aporten. Importa solo alinearse con los propios, con los que piensan como yo. Prietas las filas, el que se mueve no sale en la foto, y para cuando finalmente las consecuencias de lo que estamos provocando sean mayores que nuestros recelos, la foto será la de nuestra propia destrucción.

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