Esperando a que se mueran

El mundo occidental, desde hace seiscientos años al menos, siempre ha cambiado perceptiblemente de generación en generación, pero nunca lo había hecho, ni por asomo, a la velocidad en que lo hace ahora.

Nunca como hasta ahora una generación había tenido que enfrentarse, al llegar a su ocaso, a un mundo tan diferente al que existía, no ya en su infancia, sino incluso en su propia edad adulta. Quienes en muchos casos, en 1980 y con 40 años, estaban a la vanguardia del mundo, hoy, con 80, es probable que resulten, en la práctica, unos analfabetos. Carecen de las herramientas más básicas para afrontar con éxito hasta la más simple de las tareas. Aunque una gran parte de ellos se encuentre razonablemente bien de salud y con un manejo suficiente de sus facultades mentales, resultan, para todos los efectos prácticos, unos auténticos extraños en su propio mundo.

La sociedad está esperando que se mueran, simplemente, para continuar con su avance imparable. Los próximos hitos serán la completa informatización de los procesos, la supresión de la atención presencial y la completa implantación de una inteligencia artificial autosuficiente a quien le incomoda la presencia humana, porque lo retrasa todo. Para que ese nuevo mundo sea ya el único existente solo es necesario que, antes, la sociedad esté completamente informatizada. Para eso estorban (no hay otra palabra) los viejos que no pudieron adaptarse (la gran mayoría) y los pocos menores de sesenta años que se han ido quedando atrás.

Con los viejos, a pesar de la velocidad del proceso, aún suele quedarnos un poco de compasión, y, aunque tarde y mal, nunca falta una mano amiga que acabe ayudándoles. Pero, dentro de diez o quince años, no quedará nada parecido para los supervivientes que sigan atados al mundo de las gestiones presenciales, al papel, el lápiz o el teléfono tradicional, y que no hayan aprendido a desenvolverse en la realidad virtual. Ese mundo, su mundo, habrá caducado definitivamente y sumirá a todos los que en él aún vivan en un agujero infinito.

Mientras tanto, para los muchos viejos que viven solos hoy en día la solución son colas y paciencia, a la espera (nunca confesada, siempre implícita) de que se mueran pronto. Los no tan viejos, los iletrados que sigan vivos y activos allá por 2030-2035, no tendrán tanta suerte. Para ellos no habrá ni una sola mano tendida, ni compasión ni amparo alguno.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *