Terra: ¿la última oportunidad?

Cuando en 1968 Joan Manuel Serrat pretendió cantar en catalán su canción «La, la, la», la organización española del festival de Eurovisión no se lo permitió, y en su lugar envió a Massiel, que se llevó el triunfo cantando la misma canción, pero en castellano. Aquel día, aparentemente triunfal, algo más profundo de lo que pensamos comenzó a romperse entre nosotros.

Cuando José María Aznar ganó unas elecciones generales en 1996, se asomó al balcón de Génova para festejar la victoria, y recibió como respuesta los gritos de una muchachada enfervorizada coreando el «Pujol, enano, habla en castellano», por mucho que después se recompusieran las cosas en las cúpulas de los partidos, algo más profundo de lo que pensamos se rompió en nuestra sociedad.

Cuando un país como España nunca ha mandado a Eurovisión ni una sola canción en otro idioma patrio que no sea el castellano; cuando ha fracasado en el proceso de normalización de la diversidad, y cuando ese fracaso ha sido hábilmente utilizado por los (antes pocos) independentistas para convertir en (casi) mayoritaria su opción en una o varias comunidades autónomas, es que algo va mal.

Algo, mucho, va mal en España, que no se entiende a sí misma. Y algo seguirá mal si seguimos sin aprovechar cualquier oportunidad que surja para integrar en lugar de segregar, para reunir voluntades en lugar de separarlas.

A finales de enero, el Festival de Benidorm será el escenario de la competición para determinar qué canción representará este año a España en Eurovisión. Entre las candidatas se ha colado, con fuerza, la canción «Terra», del grupo femenino gallego Tanxugueiras.

Más allá de sus mayores o menores méritos artísticos, el debate creciente que se está suscitando sobre la canción trasciende el mero anecdotario para ir más allá. Para unos, el tema, cantado en gallego con pequeños guiños a las otras lenguas españolas, es una pieza dotada de la fuerza y la originalidad necesarias para «arrasar» en Europa, después de que llevemos décadas fracasando una y otra vez. Es, además, una muestra de nuestra diversidad y de todo lo que eso implica.

Para otros, de resultar «Terra» la canción elegida como candidata de España para el festival, quedaría claro que seguimos rindiéndonos ante los nacionalistas y su visión antiespañola. Nada nuevo con este gobierno felón…

Pero la verdad es muy otra. Querer a España es quererla entera, en su completa diversidad, incluyendo a los varios millones de independentistas que hemos visto nacer y que hemos fomentado, sí, fomentado, con nuestra estulticia durante las últimas décadas. Nada más propicio para el independentismo que el discurso falsamente españolista de quienes creen en una sola lengua, una sola cultura y una sola idea de país. Nada más propicio para la ruptura que los exabruptos de los pretendidos unionistas.

Quienes, llevando el nombre de España permanentemente en la boca, ignorar su auténtica y diversa realidad, puede que se salgan con la suya y consigan que esta canción no vaya a Europa (una vez más). Los otros, los que desean una España rota, probablemente tampoco quieran verla en Milán, porque la mera presencia de la canción demostraría que su discurso secesionista no es necesario. Solo quienes aún creen posible un proyecto común y múltiple a la vez, estarán, estaríamos contentos por tener, por fin, algo distinto, realmente nuestro, pisando el escenario eurovisivo: la diversidad que somos, lo único que aún podemos ser.

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