Castilla y León: ¿la sorpresa?

Mientras comíamos juntos en una pizzería fina del madrileño barrio de Salamanca, allá por septiembre de 2018, un conocido director de encuestadora nos comentaba a los postres a mí y a otras dos personas, que no veía a Vox consiguiendo nada, nunca, en el panorama parlamentario. Aseguraba que tenía más que estudiado el mercado electoral español, que conocía perfectamente al elector conservador y que este nunca abandonaría su refugio seguro para aventurarse en un partido nuevo…

Con cierta displicencia, el politólogo descartó en dos minutos las objeciones que alguno de los presentes le presentamos. En las semanas siguientes, aún tuvo tiempo de hacer manifestaciones públicas parecidas, en algunas de las numerosas comparecencias en los medios con que nos a menudo nos deleita.

Tres meses después, la llegada de Vox removió completamente el tablero andaluz, para, a continuación, hacerlo con el resto de España, pero para entonces el director de encuestadora ya había cambiado el paso en sus manifestaciones públicas.

Ante hechos así, algunos, que llevamos años en esto de entender la compleja realidad electoral española, quizás hemos aprendido a no dar nada por sentado, ni a creer que sabemos gran cosa, porque la realidad te sorprende luego, siempre. Lo cierto es que continuamente detectamos rumores, murmullos, leves novedades en las opiniones de la gente. No son gran cosa: la mayor parte de ellas acaban disueltas como el humo. Pero, de cuando en cuando, los murmullos crecen hasta convertirse en un vendaval, como ocurrió con Vox en 2018 y como antes había pasado con Podemos y con Ciudadanos. Trabajamos en los márgenes, en las décimas, y estas cuentas cortas resultan fiables durante a´ños, así que tenemos tendencia a creer que un vuelco de apenas cinco puntos es un terremoto inimaginable. Pero entonces, inopinadamente, todo se mueve. Ocurre. Vaya que ocurre…

Alfonso Fernández Mañueco ha convocado de sopetón elecciones para febrero de 2022 en Castilla y León. No digo que vaya a pasarle lo mismo que a Susana Díaz en la Andalucía de 2018. No lo digo, pero puede pasar. No existe ningún Vox, ahora, que pueda salir de la chistera, pero sí hay un ambiente general de revuelta anti-privilegios, de hastío por las demandas catalanas, de «reacción», que puede, perfectamente, aupar de manera inesperada a los partidos locales que ya eran fuertes de una forma u otra (UPL, PorAv, Soria Ya!) o, más globalmente, dar vuelos a la candidatura presentada por la España Vaciada, si es que finalmente consigue presentarse de manera coherente, o en todo caso a una multitud de candidaturas localistas (Ahora Decide en Zamora, Burgos Enraiza, etc, etc, etc…)

En octubre de 2018, mientras ninguna encuestadora tradicional concedía un solo escaño a Vox en Andalucía, el panel del que yo era responsable por aquel entonces, vio subir día tras día el porcentaje de voto al partido, hasta que afloró el primer escaño para los de Abascal. Lo hicimos público, y las carcajadas de los de siempre fueron la contundente respuesta a nuestra revelación. Nadie nos creyó. Pero conforme avanzó noviembre le fuimos adjudicando incluso alguno más, las risas de los otros se fueron apagando poco a poco, terminaron subiéndose al carro, y al acabar ese mes yo ya no tenía personalmente ninguna duda de que Vox iba a lograr varios diputados andaluces. Finalmente, en las elecciones del 2 de diciembre se llevó 12.

No digo que ahora, en Castilla y León, los partidos localistas vayan a conseguir una gesta parecida, pero tampoco lo descarto. Ni mucho menos.

Cómo se articulen las candidaturas será la clave. Cómo se vendan ante la opinión pública lo será después. Del mismo modo que en el otoño andaluz de 2018 había mimbres para que el cesto de Vox prosperase, y este partido aprovechó la oportunidad para hacerlo, ahora los hay para una candidatura de los «vaciados» o para una proliferación de ellas. Que se quede en nada o llegue a los doce diputados (sí, 12), solo depende de una cosa: de qué estrategia sigan para hacer notar su presencia pública y del nivel de coherencia y cohesión aparente que muestren sus listas.

La oportunidad y el caldo de cultivo social (el agravio frente al «catalanismo hasta en la sopa») están ahí. El hartazgo social hacia los casados y los sánchez es solo un rumor, pero si los ciudadanos de Castilla y León ven en estas elecciones, como los andaluces vieron en las de 2018, la oportunidad de dar un golpe encima de la mesa contra lo «establecido», lo harán.

Alrededor del 15 o el 20 de enero sabremos ya si este murmullo se ha quedado en nada (como tantos otros del pasado) o si ha crecido hasta convertirse en algo real, con la posible explosión de la España Vaciada en las elecciones del 13 de febrero. Pero que el murmullo, la ocasión, existe ya hoy por hoy, eso es un hecho.

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