Grandes y pequeños temas para el ocaso de un mundo

La película de Neflix «No mires arriba» es una sátira inteligente aunque solo parcialmente lograda sobre la realidad política actual.

Durante más de dos horas nos cuenta una historia de ceguera deliberada y de sobreactuación. Aunque le sobra metraje y en algunos aspectos también efectismo, señala certeramente los dos grandes males de esta época: la atención a la anécdota en lugar de a los problemas reales, y la reacción social inmediata ante las demandas de las redes en lugar de ante la realidad.

La sociedad está deliberadamente ciega ante los dos grandes problemas que se le vienen encima, y que, básicamente son dos, el cambio brutal en el modelo productivo, con una casi inevitable obsolescencia inminente (en diez o como mucho veinte años) de la fuerza de trabajo humana, y la conversión del planeta en un estercolero que ha rebasado ya varios límites de sostenibilidad, y que, de no tomarse medidas tajantemente, hará que rebasemos otros también en el plazo de una o dos décadas.

Ambos problemas son fácilmente detectables, se señalan repetidamente por los expertos en las dos materias, y solo podrían afrontarse con alguna posibilidad de éxito mediante una acción coordinada a nivel mundial.

Ambos tienen una probabilidad de llegar a ser reales elevada, y en todo caso, superior a lo que exigiría tomar medidas urgentes.

Nada más lejos de lo que está ocurriendo. La democracia tal y como la conocemos nos está fallando clamorosamente porque la sociedad prefiere no ignorar y los expertos son vistos como pintorescos profetas de apocalipsis que luego nunca llegan.

Sin duda, si mañana apareciera un meteorito que fuera a destruir nuestra civilización en seis meses, no podríamos ignorarlo y no lo ignoraríamos, pero, exageraciones aparte, el mensaje de la película No mires arriba es certero. Porque, en forma de desastre laboral y de desastre ambiental, tenemos dos proyectiles (menos inminentes, y ese es el problema) que impactarán casi con igual seguridad en nuestras vidas en los próximos lustros, y nadie está haciendo nada real para prepararse ante ellos. La democracia nos está fallando como mecanismo de toma de decisiones correctas, porque las sociedades se refugian en el cortoplacismo y en un ombliguismo nacionalista absolutamente fuera de lugar. Dada la situación, los políticos, seleccionados para conservar el poder durante los próximos cuatro años, no se van a oponer a la deriva de quienes los votan, sino que la favorecerán porque así podrán seguir aspirando a ganar las siguientes elecciones, que es lo único que, más allá de la palabrería, les importa.

Por último, los iconos emergidos socialmente para avisarnos del desastre, las gretas thumberg de turno, no caen ni pueden caer simpáticas, porque resultan tan superficiales como la desidia que denuncian, mientras que los david attenboroughs y otros divulgadores serios son tomados como simples notas al margen, sino completamente ignorados.

La política y todas las decisiones sociales se han convertido en un juego para saber quién me cae bien y quién mal, en un anecdotario infinito donde los auténticos debates no existen.

La sociedad humana, a la altura de 2022, no quiere saber. Mientras tanto, si no se cambia radicalmente, para dentro de veinte años es probable que no haya empleos para casi nadie ni aire viable que respirar en ningún sitio.

Pero eso son minucias cuando la política trata ahora, para casi todo el mundo, sobre la última ocurrencia del último ministro de turno, o sobre algún asunto de cotilleo judicial o personal que envuelva a un político famoso, o cuando el foco se pone, una y otra vez, en la última sublime tontería que se haya puesto de moda en la red social de turno.

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