«A mi me lo regalan: paga mi hijo»

Hemos estrenado enero con una reforma del sistema de cotización de los autónomos, que implica un incremento de sus cuotas, a lo que se añade una elevación del 0,6% para todos los trabajadores en sus cotizaciones, y una subida de la base máxima.

El objetivo de la medida, aunque se ha presentado como una forma de «solidaridad» que pagarán los ricos, es, sencillamente, recaudatorio. Las cuentas no cuadran y hay que subir las cotizaciones.

El efecto de las medidas, sin embargo, en absoluto es redistributivo. Con algún maquillaje que parece implicar que «los ricos» pagarán más, lo cierto es que la única forma de conseguir una subida real de la recaudación es hacer lo que se ha hecho: subir las cotizaciones para todos y, sobre todo, para el grueso de cotizantes «intermedios», que son los que de verdad aportan la pasta.

Así que desde enero de 2022 se cotiza más, lo cual, a corto plazo, penaliza la actividad económica y fomenta la ya de por sí desbocada economía sumergida, que no hay inspección que pueda atajar cuando los infractores se vuelven tan numerosos. Pero más importante, si cabe, es que el principal efecto de estas medidas es un p´restamo sin derecho a devolución: los cotizantes españoles actuales van donar, sin más, recursos extra a los perceptores actuales de prestaciones.

Nadie se plantea exigir un solo esfuerzo a pensionistas u otros colectivos perceptores, simplemente porque no es una medida presentable ante el telediario. Nadie se plantea siquiera decir la verdad, y es que los perceptores actuales ya estaban, a la altura de 2021, recibiendo mucho más que lo que cotizaron, y que esta situación se va a agravar a partir de 2022, mientras que los cotizantes actuales tienen que pagar, desde ya, el desfase.

Nuestro sistema de seguridad social está montado, por tanto, desde hace al menos una década, sobre la base de una transferencia neta de recursos desde la generación adulta hacia la anciana. Esto no sería grave, es más, podría considerarse incluso justo, si no fuera porque no se podrá sostener eternamente y en algún momento a una generación le tocará pagar los platos rotos, todos juntos. No hay atajos con las cuentas públicas: al final siempre suman cero. Si los pensionistas ganan sistemáticamente en el juego intergeneracional, la situación financiera se va tensando cada vez más, aliviada solo ligeramente en las épocas de expansión, para luego tensarse aún más en las de contracción. Visto lo visto, parece casi inevitable que, en algún momento, a ma´s tardar en 2045 o 2050, a los que les toque ser pensionistas por aquel entonces les tocará, también, perder. El sistema hará aguas como todas las pirámides financieras que en el mundo han sido.

Pero el año 2045 no le importa nada a quienes nos gobiernan hoy. Su objetivo es ganar elecciones de este año, y las del año que viene, o como mucho las del siguiente. Si para ello tienen que recabar los votos de quienes, luego, pagarán los desperfectos a mediados de siglo, eso no tiene relevancia alguna.

Para dentro de dos décadas serán otros quienes tendrán que afrontar los problemas.

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