Portugal decidió y ¿las encuestas erraron?

El 30 de enero se celebraron las elecciones legislativas en Portugal, que venían precedidas de toda una serie de encuestas que vaticinaban un empate técnico entre los socialistas en el gobierno y los socialdemócratas (democristianos) en la oposición, con ligera ventaja para los primeros.

Finalmente, sin embargo, el Partido Socialista ha aventajado al PSD por 14 puntos, y se va a llevar la mayoría absoluta del parlamento portugués.

Algunos han lanzado inmediatamente la consabida pregunta: ¿Cómo es posible semejante error en las encuestas? ¿Nadie se escandaliza, nadie dimite ante tales despropósitos?

La primera pista sobre lo ocurrido nos la da el propio listado de las últimas encuestas difundidas en el país vecino. En él podemos comprobar cómo las realizadas a pie de urna, que ofrecen horquillas (niveles de ruido) razonables, están dentro de los resultados finales, mientras que las llevadas a cabo en los días previos sí muestran una gran desviación respecto al balance final.

La explicación, en este caso, estriba en que las encuestas previas fallan precisamente porque la gente las tiene en cuenta a la hora de tomar su decisión de voto. Las encuestas, muy a menudo, mueren de éxito, porque sus datos entran en el juego del elector y modifican su comportamiento. Ante el presunto casi-empate que pronosticaban los sondeos, muchos votantes de los partidos situados más a la izquierda (Bloco, CDU), cansados de la confrontación de los últimos dos años, decidieron pasarse a los socialdemócratas como «voto útil». Votaron estabilidad, continuidad, y para ello sacrificaron a su primera opción optando por la segunda.

En cambio, en la derecha no se produjo ese efecto, porque los votantes más extremos, los de Chega, lo son de un partido al alza que arrastra ilusiones, al contrario de lo que ocurre con los partidos de los cansados votantes del extremo opuesto.

Las encuestas no fallaron: simplemente hicieron bien su trabajo de sacar una fotografía correcta del momento. Los votantes, por su parte, a la vista de la fotografía, lógicamente, tomaron una posición estratégica concreta.

Otro problema, muy distinto, es qué utilidad tiene sacar fotografías de mitad de carrera cuando de lo que se trata es de conocer qué pensará el elector al final de ella. Disponemos ya de muchos elementos en la demoscopia moderna que permiten no solo sacar instantáneas sino derivar tendencias para los días futuros. ¿Por qué no se hace? ¿Qué riesgos y qué limitaciones tendría esta práctica?

Sin duda esto supondría una apuesta mucho más arriesgada para los institutos demoscópicos, que además se verían obligados a salir de su zona de confort para asumir presupuestos mucho menos seguros que la mera toma de datos estratificadas. Pero estamos llegando a un punto donde de cada vez resulta más difícil no asumir ese riesgo, porque la mera toma de datos del momento es ya, casi, un ejercicio de rutina.

Disponemos en las propias encuestas, o podríamos disponer, de datos suficientes para derivar comportamientos futuros en función de la situación presente. Disponemos, también, de muchos otros datos relevantes, gracias al aluvión que proporcionan las redes sociales y los comportamientos colectivos. ¿Por qué nadie, aparte de hacer encuestas a día de hoy, hace proyecciones para el día de las elecciones? La respuesta, ya lo hemos dicho, es una básica y comprensible aversión al riesgo.

Pero el asunto necesita de una profundización mucho mayor. No basta con despacharlo, como hacen Michavila y otros gurús hispanos, diciendo que «en los dos últimos días se decide el 20% (o el 15%, o lo que sea) de los votos y así lavarse las manos. Hay que decir por qué, teniendo elementos suficientes para derivar una parte de esas indecisiones, no se hace. Por eso este es otro tema en el que deberemos ahondar en otra ocasión: por ejemplo, con ocasión de los resultados que, dentro de pocos días, nos van a sorprender, y mucho, en Castilla y León.

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