La ley electoral y otras reformas pendientes de las que nadie habla

Hubo un tiempo en que la política no era esto que es ahora. Hacer política aún consistía, entonces, en debatir sobre qué podemos hacer para mejorar las cosas, para cambiar tal o cual materia que marcha mal, para darle una vuelta de tuerca a ese otro problema que no acaba de solucionarse. La política, entonces, no era siempre esto en lo que se ha convertido: un teatrillo continuo, un vodevil sobre el poder, personas, puestos e influencias.

Cuando la política aún se ocupaba de vez en cuando de asuntos colectivos y no solo de batallas entre políticos, todavía se oían voces que proponían, por ejemplo, la reforma de la ley electoral, o la de la administración pública, o la del mercado laboral (en serio, no meras derogaciones de lo anterior sin un lavado de cara profundo), o del papel del parlamento, o del sistema fiscal, o de cómo garantizar la sostenibilidad del estado social, las pensiones o las prestaciones, o de qué modelo de respuesta pública resulta mejor para disminuir la desigualdad excesiva. Se proponían cosas, se debatían y a veces hasta se hacía con razones y no con insultos.

Todo eso, por supuesto, ha quedado en suspenso desde… el siglo pasado. Ahora la política consiste básicamente en buscar la forma de llegar al poder y, una vez alcanzado, la forma de mantenerse en él mediante pactos o acuerdos que vender rápidamente a la opinión pública. Pactos en los que los contenidos de fondo son lo de menos, porque lo que importa son las personas que los firman y lo que cada parte arranque a la otra.

Pero de nada sirve lamentarse. Hay que seguir adelante, y confiar en que, quizás en algún momento, volvamos a tener política (y políticos) que planteen soluciones imaginativas y arriesgadas para los problemas acuciantes que tenemos, y que llevamos décadas ignorando y dejando agravar.

Uno de esos problemas es la reforma de la ley electoral. Los fallos del sistema actual son evidentes, y todos, en teoría, están de acuerdo en que necesitamos una remodelación profunda de todo el entramado electoral, parlamentario y de representacion.

Si es así, ¿por qué desde la esfera política nadie hace nada, nadie propone absolutamente nada sólido en esta materia? Porque emprender reformas cuesta, porque nadie hace tortillas sin romper huevos y porque en este caso los huevos rotos serían los compañeros de partido que se quedarían sin poltronas si se reforma la forma en que se accede a ellas.

Aún así, con escasísimo eco pero encomiable empeño, algunas plataformas ciudadanas están intentando romper el vacío mediático y social y proponiendo reformas.

Mientras tertulianos y articulistas emplean miles de horas a la semana en debatir sobre el papel de Pablo Casado, Pedro Sánchez, Isabel Díaz Ayuso, Gabriel Rufián o Yolanda Díaz, en medio de un ensordecedor silencio, estos esforzados siguen intentando colar en el debate político temas serios que de verdad afectarían a la vida de la gente y no solo a los cuatro mequetrefes que en cada momento están en el candelero.

Uno de los asuntos es, como decimos, la reforma electoral, que iniciativas como OLE intentan sacar adelante. Más allá del acierto o no de determinados planteamientos, plataformas como esta son imprescindibles para revitalizar una sociedad civil adormecida entre Mañuecos y Garzones, entre chuletones de mediocridad y falta de debate profundo.

Ojalá muchos OLEs y muchos debates auténticos nos esperen a la vuelta de unos años, y consigamos de paso liberarnos de tantos personalismos y niñerías como dominan la política actual.

Para cuando esta web sea lanzada públicamente, como mucho pasado el verano, prometemos que intentaremos suscitar esos ocho o diez grandes debates y ponerlos de una vez sobre el tapete de la política española. No será fácil (más bien parece algo casi imposible), pero la necesidad apremia. Hay que darle un giro a la política de este país, para recuperar de una vez el crédito que le han robado durante décadas los profesionales de la poltrona. Desde aquí pondremos nuestro granito de arena. Pronto.

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