El hastío

En cuanto algunos manifestamos cansancio, agotamiento, aburrimiento, desorientación por el curso que está tomando la pandemia, las vacunas, las infecciones, las reinfecciones y todo lo demás, otros nos acusan inmediatamente de «conspiranoicos» y «antisistema».

No. Es cierto que hay antivacunas chiflados, conspiranoicos imbéciles y gentes que durante estos dos años han defendido estupideces, microchips en vacunas y demás tonterías. Pero también es cierto que lo opuesto, que es creer y creerse cuanto llega desde las instancias oficiales, sin la más minima crítica ni visión propia, es tan malo como lo primero.

En estos dos años de pandemia hemos tenido que soportar a los apóstoles del cumplimiento ciego de las normas (esos que durante el confinamiento gritaban e insultaban desde sus ventanas a pobres asmáticos que tenían que salir a la calle para respirar algo de aire libre) y a los apóstoles de la ensoñación (que si todo es obra de Bill Gates, que si son estrategias para acabar con los ancianos, que si mil estupideces), pero ni unos ni otros pueden contenernos ya: el grueso de los ciudadanos, responsables pero críticos, cumplidores pero con criterio, tenemos derechos a ver la realidad y opinar.

Tenemos derecho a pensar, por ejemplo, que las terceras dosis sirven para poco frente a un virus, omicron, que no existía cuando fueron diseñadas. Tenemos derecho a pensar que, igual que jamás se vacunó contra la gripe a niños y otros colectivos no vulnerables, quizás nos hemos pasado rebajando la edad de vacunación hasta límites absurdos. Tenemos derecho a pensar, llegados a este punto, que quizás es mejor cogerse la enfermedad y pasar dos días malos, que pincharse cada cuatro meses y pasar dos días malos… cada cuatro meses.

Tenemos, en fin, derecho a pensar. Sabiendo que las vacunas han hecho mucho bien y sabiendo que han reducido sensiblemente la mortalidad. Sabiendo que las normas están para cumplirse, y que los locos son solo eso, locos. Pero sabiendo, también, que el espíritu crítico y la revisión constante de las situaciones, a la luz de nuevos datos y de nuevas realidades, no es un ejercicio de incivismo, sino el más cívico de los ejercicios.

Tenemos derecho a estar hartos y a cuestionarnos tanto control y tantas normas. Tenemos derecho a pensar que quizás, solo quizás, la pandemia ha llegado a un punto en que debe ser superada y tratarse como lo que ya es: una enfermedad que se quedará con nosotros y que todos, prácticamente, habremos pasado alguna vez. Una enfermedad que se cobra víctimas entre los más débiles y frente a la que debemos estar prevenidos pero no muertos de miedo.

La gripe mataba todos los años, antes de la llegada del coronavirus, a varios miles de españoles. El coronavirus va a matar, a partir de ahora, a varios miles de españoles al año.

Eso es todo: es duro, pero es la vida. Estos dos años han sido un paréntesis trágico en el que las muertes víricas se han multiplicado por diez. Pero eso ya está pasando, eso ya pasó. Tan absurdo como negarlo es querer continuar el resto de nuestra vida, la que nos toque, como si siguiéramos eternamente viviendo en 2020.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *