Europa, ahora o nunca

La crisis ucraniana pone de manifiesto, una vez más, que la Unión Europea y todos los mecanismos de que dispone (torpes, de escasa operatividad, dependientes de condicionantes nacionales constantes), no están adaptados para afrontar la realidad mundial actual.

Rusia es un país que no puede calificarse, en lo económico, ni como una gran potencia. En un mundo con dos superpotencias, China y Estados Unidos, y solo unas cuantas grandes potencias adicionales (Alemania, Japón, Reino Unido, India), Rusia está en el tercer pelotón, junto con muchos otros, y es tan solo una potencia mediana, con un PIB que está a una altura intermedia al de países como Italia o España. De la renta de sus ciudadanos mejor no hablemos…

Que un país de segunda fila como este ponga una vez más en evidencia a una Europa que la supera diez veces en potencial económico, dice mucho y malo sobre cómo funciona la Unión Europea.

Si la UE dispusiera de auténticos mecanismos comunitarios que no dependieran de imposibles equilibrios internos, estaría (aún) a la altura económica de China, y cerca de la de Estados Unidos. Podría, entonces, articular también políticas exteriores y de defensa coherentes, algo que es absolutamente necesario en un mundo como el actual, donde, mientras algunos viven en lógicas democráticas avanzadas, otros, como Rusia, siguen anclados en viejas visiones imperiales, y algunos más, como el mundo islámico, permanentemente corren el riesgos de entregarse una y otra vez al medievalismo cultural.

Solo una decidida unión supranacional daría a Europa la dimensión y la capacidad operativa que le corresponde. El continente tiene que tomar, ya, una decisión. Si no queremos esa unión, entonces, sería mejor disolver la pantomina que tenemos, y caminar de una vez cada uno por su lado sin más compromisos, trazando alianzas ad hoc en un mapa cambiante pero al menos sin ensoñaciones de grandeza.

Porque si si la crisis ucraniana no nos hace ver que lo peor, precisamente, es seguir eternamente en este «medio camino», en esta Europa que sí-es-no-es, nada nos hará verlo, y el declive definitivo del continente será solo cuestión de un par de décadas más.

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