Al anochecer, lentejas. Al alba, hambre atrasada

Sabemos lo que hay desde hace años. Desde que Catalunya intentó en los primeros años 2000 reformar el Estatut y le contestaron que no, que ese Estatut no ponía lo que ellos querían que pusiera, así que no les valía. Hubo que rehacerlo y tragar.

Desde que más tarde, allá por 2011, empezaron a proliferar como las setas las consultas populares en diversos municipios, que siempre deparaban una mayoría abrumadora a favor de la independencia, siempre, pero siempre, se ha recibido la misma respuesta: que si quieres lentejas, que te las comas.

Estamos presos, literalmente presos, de un formalismo legal que dice que todo es posible dentro de la ley, y nada fuera de ella. Un formalismo que, luego, no cambia una coma de esa ley. Ni un punto. Ni un acento. Ya me dirán ustedes entonces, apreciados y, de verdad, queridos españoles, cómo se va a poder comer alguna vez el plato de la voluntad popular. Un plato que no podemos comer porque ustedes no pueden digerirlo.

Nos dejan con el hambre en las tripas.

Y desde entonces hasta ahora, como diría Mecano, el juego del amor: el amor que, para España, consiste en que se vota cuanto haga falta (siempre dentro del marco regionalista, claro), pero luego si la gente vota independencia, se hace el caso que yo les cuento: ninguno.

Olvidemos otros episodios tristes, como lo ocurrido el 1 de octubre de 2017, y centrémonos. En unos meses se celebrarán otras elecciones regionales de esas, que tanto les gustan a ustedes: las que llaman ustedes «elecciones autonómicas catalanas», en el colmo de la generosidad. Pues bien, todos los indicios dejan claro que de esas urnas volverá a salir una mayoría independentista, si cabe más clara que nunca.

¿Cuál será la respuesta que recibamos?

Lentejas.

Como decía Luis Eudardo Aute hace ya casi cincuenta años en aquella desgarradora canción de una transición que protagonizamos todos («Al Alba»), todo esto solo puede llevar a un nuevo amanecer, un amanecer que vendrá con «hambre atrasada». Y no hay nada peor que alguien hambriento.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *