Política 20

Parásitos en la frontera

La película «Parásitos» es la sensación del momento. Ha triunfado en los Oscar a pesar de no ser estadounidense, y se exhibe en salas de proyección de todo el mundo. Qué éxito.

El film nos muestra a unos parásitos, desocupados seres del inframundo, que encuentran la manera de aprovecharse y vivir a costa de otros seres, honrados ciudadanos y buenos trabajadores, a base de engaños y triquiñuelas. Para ello no les importará pisotear, incluso, a otros seres pertenecientes a su propio inframundo.

Bueno, o eso parece. Quizás lo que nos muestra es cómo los que, por mero azar, nacieron en el lado errado de las fronteras sociales, tienen que despabilarse a diario para poder sobrevivir, mientras los que crecieron en el lado correcto son quienes los parasitan, ignorantes y felices, sin más preocupaciones que las absurdas tonterías propias de todo malcriado.

Parásitos es un retrato perfecto de este mundo que navega entre el lujo y el colapso, y precisamente por eso resulta a la vez tan repulsiva y tan fascinante. También por eso no es una película para «mayorías»: gran parte de quienes la vean no serán capaces de llegar más allá de la simple repulsión (a lo que añadirán toques de racismo y xenofobia).

Que en Hollywood haya habido un porcentaje suficiente de personas con la suficiente sensibilidad como para entender que en Parásitos hay algo más, mucho más, máxime cuando se trata de una película extranjera, y, aún peor, no europea, quizás deje ver que aún nos queda esperanza en este mundo. O quizás no. Quizás el triunfo de la película sea un puto icono más, una mera superficialidad de quienes gustan de apuntarse a las modas, sean las que sean. Porque ahora la moda es entender, pero también también es llevar pantalones de no sé qué forma o ver no sé qué series en Neflix :superficialidades de niños ricos, en suma.

La moda, lo que se lleva, es hacer ver que vemos y comprendemos lo que hay otro lado de la frontera, cuando en realidad ni vemos ni entendemos nada porque disfrutamos viviendo, ensimismados, en el lado correcto de la valla.

El final de la película es tan real como irreal, y ahonda con maestría en el juego de dos universos paralelos y solo aparentemente conectados que la recorre entera. El espectador sale del cine sabiendo que la única vía real de saltar la valla está en su imaginación. Más allá del mundo de los sueños, las vallas resultan infranqueables, sobre todo para quien ha nacido en el lado de abajo.

Una verdad tan simple, tan de primero de primaria, queda patente al observar las caras y los gestos de los espectadores cuando, después de 132 minutos de proyección, salen del cine llevando adherido a su propia piel y a sus ropas el inconfundible olor de la pobreza.

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