Política 20

La rebelión de las banderas (erradas)

El asunto de la España vaciada colea y va a seguir coleando cada vez más, porque es la causa perfecta para que todos los agravios reales o inventados que se acumulan siempre en una sociedad (y más en una sociedad como la española), acaben saliendo a la luz.

Teruel, ese que ya existe en el Congreso y que siempre existió en las estribaciones del levante ibérico, abrió la espita con contundencia, y ahora solo es cuestión de dejar pasar algo más de tiempo para ir viendo cómo otros se suman, aprovechando la inercia creada. Finalmente tendremos, ya lo verán ustedes, una espiral de agraviados exhibiendo su propia bandera, en un espectacular despliegue que morirá (salvo excepciones) en unos pocos años.

Porque algunos puede que sobrevivan. Por ejemplo, estos:

Andan los leonesistas montando manifestaciones para reclamar que se acabe el abandono de su tierra. Eso está muy bien, aunque no tengo muy claro que sepan cuál es concepto exacto de «abandono» ni cuál el de «tierra».

León (la provincia de León, vaya), no es una tierra particularmente abandonada en el contexto de las que la rodean. Lugo, Ourense o Zamora lo son mucho más. La provincia goza, además, de una visibilidad suplementaria: la que le da llevar aparejada, por pura casualidad y capricho proveniente de 1833, la herencia nominal de un viejo reino que murió en 1230. Pero todo eso les da igual a los que salen a la calle con crespones y rabia contenida.

Así son las cosas: en pleno siglo XXI se nos monta un mini-movimiento provincianista que toma sus raíces de un reino ibérico a cuyos monarcas les hubiera entrado la risa si les cuentan que, ochocientos años después, algunos iban a intentar constituir en su nombre un ente territorial propio.

Pero no nos lo tomemos, nosotros, a risa, porque probablemente acaben por salirse con la suya. No porque tengan razones históricas para justificar su pretensión, que no las tienen. Tampoco tienen razones geográficas, ni culturales, ni climáticas, ni económicas, ni de ningún tipo, para montarse un pollo, digo, un León de mentirijillas como comunidad autónoma. No: probablemente acaben por salirse con la suya porque la Constitución, aunque no prevé exactamente el mecanismo necesario para que una provincia se erija en comunidad, tampoco lo prohíbe ni mucho menos.

Así que, por analogía, y buscando resquicios, si finalmente hay una mayoría municipal y social a favor de la segregación de Castilla y León, la provincia del noroeste acabará consiguiendo ser una comunidad autónoma.

¿La causa actual? La voluntad de sus habitantes, que no es poco.

¿La causa profunda? La pura casualidad: arrastrar en el nombre de la capital de la provincia el mismo que tenía un viejo reino que nada tiene que ver con la pretensión actual.

Porque así se escribe, más a menudo de lo que creemos, la historia. Por causalidad. Por inferencias. Por tonterías. Lo describe muy bien Daniel Kanheman en su extraordinario Pensar rápido, pensar despacio, que nos adentra en el inmenso mundo de los errores humanos cotidianos.

Trocear la cuenca del Duero es un error de manual, en términos de estrategia autonómica, de peso territorial y de realidad socioeconómica, pero eso tiene poca importancia (para que la tuviera habría que «pensar despacio») frente al rápido pensamiento de quien oye las palabras mágicas «León», «Castilla», y decide que son dos cosas distintas, a despecho de la historia, del fluir de los ríos y de la más mínima lógica.

De nada sirve, en un mundo de pensamiento rápido como es en el que vivimos hoy en día, hacer ver a ningún interlocutor que ‘esos León y Castilla de los que hablas hace siglos que no existen, estúpido‘, porque los estúpidos son y serán siempre mayoría, y tienen por costumbre ser refractarios a las razones.

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