Política 20

Ganarse el cielo

«Tengo un amigo que tenía un amigo que se estaba ganando el cielo aguantando a otro amigo…» Mil veces nos han contado esta historia y mil veces la hemos contado nosotros, apelando a nuestra propia experiencia.

Lo de ganarse un cielo en el que ya nadie cree es un tópico grande, pero más real que la propia vida. Salvo los psicópatas, que son como un 2% de la población y solo se aguantan a sí mismos, todos los demás, en mayor o menor medida, hemos soportado con resignación a ese amigo, a ese compañero de trabajo, o jefe, o lo que sea, que, sencillamente, no tiene «un pase». Todos hemos roto la cuerda algunas veces pero hemos dejado que se tensara muchas más, sorprendiéndonos de nuestro propio aguante.

Hace décadas, quienes defendía la religión como modo de vida, alegaban que si desaparecía esta, la sociedad entera caería en una decadencia moral, en un «todo vale» que sería el origen de más crímenes, más muertes y menos solidaridad. Iba a ser, se supone, una sociedad en la que nadie aguantaría a nadie. No ha sido así. Más bien al contrario, la criminalidad, la corrupción y las conductas desleales descienden en general conforme las sociedades se desarrollan más y creen menos. Esto es un hecho.

No creemos en el cielo pero nos lo ganamos a diario con el tipo de la mesa de al lado, o del zoom de al lado, al que conocimos hace once meses y con el que no tenemos más compromiso que compartir nómina a fin de mes. No hay quien se lo explique.

La actitud moral, ética o como queramos llamarla, la lucha contra uno mismo y sus propios impulsos en aras de una convivencia cívica, están muy arraigadas en nosotros, y eso a pesar de que, a diario, surgen mil ocasiones en que podríamos saltárnoslas.

Todos recordamos varias experiencias a lo largo de nuestra vida en que nos hemos ganado el cielo tratando con otros. A veces, durante años: cada uno con sus 365 días, insufribles, eternos. Lo que nunca recordamos son las veces que otros se lo han ganado (o se lo están ganado ahora mismo) con nosotros.

La sociedad del siglo XXI, en la gran mayoría de los países del mundo, es la menos violenta de su historia. Por supuesto, esa no es la percepción general, contaminada por unos medios de comunicación que amplifican el crimen, lo llamativo, lo extraordinario. Pero un análisis frío de los datos así lo atestigua. No solo muere mucha menos gente de hambre que antes, no solo se reduce la pobreza a pasos agigantados (aunque no a la misma velocidad en todas partes): también remite el conflicto.

Tuvimos, tenemos y tendremos recaídas. Fuimos y seremos, aún, violentos. Pero si levantamos la mirada y observamos con la perspectiva de los siglos, o incluso de las décadas, solo se puede concluir que cada vez, más allá de las fluctuaciones a corto plazo, lo somos menos. Y dado que nuestra naturaleza humana, genética, es básicamente la misma que hace diez mil años, habrá que atribuirle el mérito al otro factor que influye en nosotros: la cultura, la educación, la… civilización.

Nos estamos ganando el cielo precisamente más cuanto menos creemos en él.

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