Política 20

El lector de titulares

Eso de la reflexión y el análisis son cosas de minorías, y siempre lo han sido. La mayoría de las personas pasan por encima de las noticias con la única intención de confirmar, en medio segundo, que su interpretación previa de lo que ocurre sigue siendo correcta. Y no piensan más, ni ganas tienen.

Más aún: salvo que se padezca algún tipo de excentricidad (ya sea de la chungas o de las buenas), creo que se puede decir que todos, en la mayoría de las ocasiones, renunciamos a analizar y comprender para limitarnos a juzgar por impulsos. Este proceder no es en sí mismo algo malo: resulta muy útil, casi imprescindible, porque acorta tiempos y suele darnos la respuesta correcta, o más bien la respuesta que más nos conviene para cada situación. Que esa respuesta sea a menudo justo la opuesta que la que le da al vecino… solo deja, a nuestros ojos, en mal lugar al vecino.

En prácticamente todos los asuntos que abordamos a diario opera este mecanismo de «trituración» de la realidad en la mente de las personas, que les permite vivir en un mundo digerible. Así que casi siempre opinaremos deprisa y corriendo, para acabar pensando justo aquello que a priori queríamos pensar. Así podemos seguir a otra cosa, mariposa, sin pérdida de tiempo ni de unos recursos preciosos que necesitamos para el resto de nuestra vida.

El caso del lector de periódicos no iba a ser una excepción. No podemos esperar de él una inteligencia o una perspicacia mayores que la que tienen de los demás. Y si en algún momento pasado la tuvieron, la han perdido con la llegada de internet, primero, y con las restricciones de pago, después.

Si hace sesenta años el conjunto de los lectores de periódicos era mucho más pequeño que el conjunto de la sociedad, y se trataba de personas, en general, un poco más reflexivas y algo más elaboradas en sus formas de pensar, hoy en día las diferencias se están difuminando hasta casi desaparecer. Primero, porque la lectura se ha democratizado tanto que el subconjunto de los lectores es cada vez más grande respecto al conjunto de la sociedad. Comprar un periódico al día (o incluso uno a la semana) no estaba al alcance de muchos en 1960, pero abrir un navegador todas las mañanas era ya casi una rutina para la inmensa mayoría de la población a la altura de 2020. Segundo, porque tras el aluvión inicial «gratuito» de internet, allá por 2005-2010, luego, a finales de los años diez y comienzos de los veinte, casi todos los medios de comunicación digitales se han tenido que hacer de pago para sobrevivir.

Usted abre un periódico, puede ver los titulares (normalmente) y, (normalmente) poco más, porque en cuanto pretende leer noticias completas el navegador le avisa de que debe suscribirse y pagar. O solo le permite acceder a cinco o diez noticias al mes. O lo que sea…

Lo cierto es que usted quiere leer, pero no mucho, y no puede suscribirse a catorce medios distintos, así que se limita a tragar titulares y prácticamente solo titulares.

Los titulares son cortos, simplistas y selectivos: una sola frase y una foto. Ni quieren ni pueden contar todos los aspectos de una noticia: a veces ni siquiera pueden dar cuenta de su contenido esencial. Por su propia naturaleza, son parciales, así que, si son lo único que consumimos, podemos estar seguros de que nos darán una imagen grotescamente simplificada de la realidad. Los medios los eligen por su impacto, y los promocionan para los lugares más visibles de sus webs según su línea editorial y las preferencias de sus lectores. Además, la lucha diaria por captar la atención (el SEO, lo llaman ahora) exige reclamos cortos y claros («no más de diez palabras, por favor, Fermín») , en lugar de desarrollos que cuenten diversos aspectos de la noticia, matices o historias…

Los medios priman la simplicidad: tienen que hacerlo, porque necesitan ir al mismo paso que sus lectores para que estos se sientan vinculados emocionalmente, y (algunos) acaben haciéndose de pago y les permitan hacer frente a las nóminas de fin de mes. Un titular de periódico, además, si el director de turno tiene menos escrúpulos que los demás, confiere ventaja si directamente pasa de informar y se concentra en opinar. Una valoración que guste al lector vale más que cien matices, así que ¡titulemos con valoraciones!. Cada año que pasa las ocho o diez palabras que, en promedio, configuran un titular, se llenan más y más de juicios, mientras se vacían de verdades desnudas.

No importa que las conclusiones a las que llegan los titulares no estén justificadas. No importa que partan, evidentemente, de unas premisas dudosas o de una ideología particular. ¡Qué va a importar si eso precisamente es lo que desean encontrar quienes los leen!

Los lectores tienen prisa, viven en un mundo de impresiones, no de reflexiones, y quieren (porque la evolución humana premia, desde hace cientos de miles de años, a quien se comporta así) que la realidad que les rodea confirme sus prejuicios y nos le dé sorpresas ni quebraderos de cabeza. Así que se tragan titulares afines uno tras otro, casi sin masticar. Luego, con el estómago lleno de ellos, pueden satisfechos, ocuparse de otras cosas, mientras medios y lectores confluyen así en un mundo de slongans, opinión, rapidez y retroalimentación.

Nuestros medios fomentan el partidismo de sus lectores, y estos aplauden los titulares partidistas de sus medios, retroalimentándose mutuamente.

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