Política 20

El agravio

El agravio nace sigiloso, y crece, a menudo, sin que quienes lo provocan sean siquiera conscientes de ello. El agravio subsiste, larvado, casi siempre durante semanas, o años, o hasta siglos, hasta que algún hecho extraordinario, o alguna sucesión de hechos, lo empujan a aparecer a la vista de todos. Para entonces ya casi nunca tiene remedio.

Hace un par de días, Inés Arrimadas manifestó su emocionada solidaridad hacia los damnificados de «Las Palmas», al hilo de la erupción volcánica que está teniendo lugar en una isla del archipiélago canario.

Siempre hablamos con propiedad de lo que conocemos (o casi) e impropiamente de lo que no conocemos tanto. Para muchos peninsulares, Tenerife y Santa Cruz son la misma cosa, y Las Palmas, Gran Canaria y hasta las Canarias todas, también. Para muchos otros La Palma, y Las Palmas y hasta Palma de Mallorca resultan conceptos indistinguibles.

Pero, a la vez, para numerosos canarios cada mención errónea, inadvertida, supone un agravio. Cada patinazo es una leve puñalada. Y los agravios se suman, como se suman las capas de lava de un volcán hasta acabar desembocando en el mar para hacer mayor la superficie de una isla o el nivel de desapego de un pueblo.

La mayor parte de agravios ni siquiera llegan al mar. Se acaban enfriando antes, como la lava cuando permanece algún tiempo expuesta al aire. Al final hasta las plantas terminan creciendo y prosperando en el suelo de lava, fértil e inmóvil.

Pero hay desplantes e ignorancias que sí tienen consecuencias. Si son muchos, si son acumulativos, si vienen de distintos frentes, o si demuestran una inconsciencia y una lejanía que hacen daño, al final cobran importancia. Y así el isleño acaba sintiéndose más isleño, el catalán más catalán, y en general, el distinto más diferente de lo que realmente es. Y como los que agravian también suelen ser agraviados en otros asuntos, la lejanía a menudo es mutua, bilateral, y la reconciliación se hace imposible.

Cuando el agravio sale a la superficie siempre sorprende al agraviador, ignorante de él. Luego, a la sorpresa suele seguir el rechazo («pero qué dice este»), lo cual no hace sino aumentar la distancia entre ofensor y ofendido.

Porque el que agravia jamás aprecia la importancia de los gestos, de sus gestos, ni entiende la incomodidad que provocan. Solo la entenderá cuando algo parecido le afecte a él. Lo curioso es que eso, precisamente eso, es lo que suele pasar: el que agravia en un tema, se siente a la vez agraviado (como persona, como país, como grupo, como lo que sea) en otros. El agraviado y el agraviador suelen ser dos aspectos de la misma persona, pero que se ignoran completamente.

La ignorancia es el abono del agravio, y su mayor aliado es la insensibilidad. Nos guste reconocerlo o no, el ser humano, aún, y a pesar de toda la pátina cultural que nos cubre, es insensible a casi todo lo que no le resulta inmediatamente cercano.

En el caldo de cultivo del agravio silencioso crecen fracturas que cuando afloran resultan ya insalvables.

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