Política 20

Ser negacionista es lo natural

Está de moda rasgarse las vestiduras y criticar con fiereza a los negacionistas (del clima, del virus, de lo que sea), pero al hacerlo quizás olvidamos que la negación de lo novedoso es algo profundamente alojado en la propia naturaleza humana, y es hasta bueno que así sea. Nuestra historia como especie nos hizo desconfiados, descreídos, por una buena razón.

La ciencia, de entrada, siempre es negacionista. Con el paso del tiempo, la casi totalidad de las hipótesis, teorías o planteamientos científicos nuevos se demuestra que explican la realidad peor que las teorías vigentes. Por tanto, una vez estudiadas, todas esas novedades deben ser descartadas. Y lo son, sin contemplaciones. ¿Qué sería de los científicos de todas las ramas si perdieran infinitas horas de su preciado tiempo acogiendo sin más, con los brazos abiertos, cada nueva ocurrencia, cada nueva formulación, por muy pintoresca o atractiva que pueda sonar?

La ciencia, por ello, somete cualquier novedad al frío escrutinio de la razón, con calma, sin prisa. Los que proponen nuevas ideas (siempre convencidos de estar en lo cierto) se desesperan ante la parsimonia del examen, pero esto es lo que hay. Solo después de un análisis implacable, prolongado en el tiempo, que no detecte fisuras, algunos empezarán a asumir un nuevo paradigma. Pero la aceptación final, general, nunca llega a producirse en noventa y nueve de cada cien casos. O más.

La evolución, ese mecanismo poderoso que nos moduló como animales durante cientos de millones de años, y como humanos durante cientos de miles, descarta también, a priori, lo novedoso. Lo nuevo, lo sorprendente, lo que no se puede controlar en un abrir y cerrar de ojos, puede tener consecuencias inesperadas, y eso no suele ser nada bueno. Lo nuevo nos aleja de la comodidad de lo previsible, así que la reacción más inteligente ante su llegada debe ser la huida, primero, y si acaso la investigación (desde lejos) después.

Millones de seres humanos, después de oír un leve crujido de ramas u hojas secas a su espalda, se han salvado de las garras de predadores a lo largo de la historia gracias a esta simple táctica: primero escapar, luego mirar. Primum vivere, deinde philosophari.

Ciertamente, esta forma de actuar nos ha impedido a veces conocer nuevos hechos fascinantes o aprovechables, porque no siempre el crujir de ramas es provocado por un predador, un viento huracanado o cualquier otra amenaza. A veces lo que se mueve a tus espaldas podría proporcionarte un compañero para el amor o una nueva fuente de alimentos, pero la evolución prima la supervivencia inmediata y solo luego todo lo demás, así que lo natural ante el ruido es largarse primero e indagar después.

Entonces, ¿por qué condenamos con tanta facilidad a nuestros compatriotas negacionistas? Oyen ruidos amenazantes a sus espaldas, pero les decimos: «esperad, no corráis, es la vacuna, es el cambio climático, es… es… la ciencia». Y ellos responden, naturalmente, «no me lo creo, yo solo oigo el crujir de una amenaza».

«Que me lo demuestren», dice el negacionista, cuando se presenta ante él algo nuevo. Niega cuanto no conoce, desprecia cuanto ignora. Y niega, en realidad, sin esperar ni querer una demostración, porque le basta la calidez de sus antiguas convicciones y lo último que quiere es replanteárselo todo a diario.

Solo una sociedad profundamente educada, con espíritu científico, dispuesta a mirar con lupa la novedad para ver en ella, de vez en cuando, nuevas oportunidades (o avisos con fundamento) está preparada para recibir lo nuevo e incorporarlo como norma. Y eso, solo después de un tiempo de maduración.

No hay que engañarse: vamos de modernos, creemos lo que nos dicen «los que saben» y nos sentimos superiores a los negacionistas, pero realmente no hemos comprobado por nosotros mismos la veracidad de nuestras nuevas creencias. Las incorporamos porque creemos en quienes nos las presentan, pero, en casi todos los temas, carecemos de la formación o los conocimientos necesarios para que las demostraciones (de la efectividad de las vacunas, del cambio climático, hasta de… la evolución humana) sean para nosotros poco más que actos de fe.

No se trata de defender aquí a los absurdos antivacunas u otras plagas similares que nos acompañan. Están rodeados de pruebas tangibles de su error, y, si quieren, pueden darse cuenta de él. Pero sí se trata de entender que su conducta no es arbitraria sino que está impresa en lo más profundo de la humanidad.

Por eso, precisamente por eso, es necesario educar a nuestros hijos en la adecuada combinación de escepticismo y credulidad. Porque es bueno que seamos escépticos pero sin que ello nos haga unos completos descreídos ante cualquier propuesta o idea que se formule, seriamente, desde ámbitos científicos. Asimov dejó escrito que a las ideas les cuesta morir. Creo que lo quería decir es que a lo que le cuesta desaparecer de verdad es a los prejuicios. Pero, hasta cierto punto, no está mal que la gente oponga cierta resistencia a la hora de cambiar su manera de pensar. No es malo que necesiten un aluvión de pruebas: eso solo es nocivo si no quieren escucharlas cuando se les ponen delante de las narices una y otra vez.

Y es que tampoco sería bueno que creyéramos, sin más, todo lo que nos dicen, simplemente porque quien lo haga tenga algún tipo de autoridad. Resulta necesario que lo nuevo venga revestido de la suficiente carga probatoria. Gracias a que se tardó décadas en cumplir esa exigencia de razonabilidad, ya nadie con dos dedos de frente puede creer que Dios pusiera al hombre en una Tierra recién creada hace seis mil años, o que nuestro comportamiento no influya en absoluto en la evolución global del clima. Porque tenemos un aluvión de pruebas que demuestran lo contrario, debemos creer lo contrario. Pero solo porque las tenemos.

Así que no olvidemos que gracias al miedo a lo desconocido, cuando es sano, seguimos librándonos de muchos tigres horrendos que, revestidos con el aura de la novedad o de la autoridad, continúan haciendo crujir ramas a nuestras espaldas.

Igual de malo, o peor que un negacionista, es un crédulo.

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